Ayotzinapa y las perspectivas para la izquierda mexicana

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La desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa y el asesinato de 3 estudiantes de la misma escuela, en la aciaga noche del 26 de septiembre del 2014, abrió el camino para una profunda movilización en el país y detonó un verdadero terremoto político que golpeó al régimen político y en particular al PRD. En este artículo esbozaremos nuestra interpretación del proceso en curso y de los desafíos para la izquierda socialista. 

Movilización histórica

Desde el 26/9 y en pocas semanas, el panorama político se alteró. Mientras en el año y medio previo el Pacto por México y el gobierno de Peña Nieto pretendieron imponer un país diseñado a gusto de los grandes capitalistas, el proceso de movilizaciones -con picos multitudinarios como en los primeros Días de Acción Global por Ayotzinapa-, marcó la irrupción, en la escena política, de un profundo descontento social.

De carácter pluriclasista, con alto componente juvenil y estudiantil, logrando su masividad mediante la incorporación de amplias capas populares y de las clases medias, el movimiento sumó también a sectores organizados de la clase trabajadora, como fue el caso de los telefonistas, el magisterio, los trabajadores universitarios, entre otros.

La masacre y la desaparición de los 43 normalistas, tocó una fibra sensible que resonó en cada uno de los abusos y de los padecimientos sufridos por el pueblo mexicano en las ultimas décadas.

Los cientos de miles de muertos y desaparecidos resultado de la “narco – guerra”,  el atroz flagelo de los feminicidios y la trata, el accionar de las bandas paramilitares, el ejercito y las guardias blancas, los presos políticos que pueblan las cárceles, los indígenas y campesinos perseguidos, los obreros despedidos y reprimidos, estuvieron presentes en cada grito de “Ayotzinapa somos todos”.

Como señalamos en esta revista, los resultados de la brutal opresión imperialista no son sólo la entrega de los recursos naturales y el imperio de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo mexicana. Es también el crecimiento inusitado del narcotráfico, la colusión creciente del estado y los carteles, los padecimientos innombrables de los migrantes mexicanos y centroamericanos -donde México actuá como estado tapón para impedir el cruce de la frontera a los indocumentados-, y una realidad signada por miles de muertos, mutilados y desaparecidos, que en los años previos pareció volver del sentido común la idea de que, bajo la dominación imperialista y en esta verdadera democracia bárbara, la vida no vale nada. Ante esto, la respuesta popular mostró que el carácter profundamente reaccionario del régimen político despertó un movimiento superior incluso a lo visto en las décadas previas.

En el último periodo, el movimiento democrático fue un claro protagonista de la lucha de clases. Primero 1988 y luego 1994 con la movilización urbana que abrazó la insurgencia indígena campesina de Chiapas. El año 2006 tuvo el signo de la rebelión del pueblo oaxaqueño que dio vida a la APPO y del movimiento anti-fraude; en el 2011, en el momento más oscuro de la “narcoguerra”, cientos de miles se pusieron en movimiento contra la militarización. En el 2012 el #yosoy132 orientado contra la imposición de Peña Nieto, puso a la juventud mexicana a tono con los nuevos aires que recorrían el globo desde Plaza Tahir a las calles del Estado Español.  El movimiento por Ayotzinapa compartió una matriz común con los anteriores: el surgir como una poderosa marea de movilización social que confronta los rasgos más retrógrados de la “democracia” mexicana. Pero a la vez distinto porque, junto a la demanda Fuera Peña, espontáneamente señaló que “Fue el Estado” y repudió a los tres partidos tradicionales del régimen político.

Una crisis política

La crisis del gobierno de Peña Nieto -que antes de octubre se presentaba nacional e internacionalmente como una verdadera aplanadora capaz de implementar los deseos de Washington- fue uno de los datos relevantes de los últimos seis meses.

A menos de 3 años de llegado al gobierno, la caída de sus niveles de popularidad mostró también que su fortaleza se asentó más en los acuerdos institucionales con los otros partidos del Congreso y en el apoyo de los sectores privilegiados por el “modelo” neo liberal implementado en las últimas décadas con el Tratado de Libre Comercio, que en una fuerte base de apoyo en el movimiento obrero y popular.

Pero la crisis no se limitó al gobierno, sino que, como decimos arriba, golpeó fuertemente al régimen político.

La respuesta de la clase dominante al levantamiento zapatista de 1994 y la profunda crisis del antiguo régimen -el priato- iniciada en 1988, fue la transición pactada entre los tres principales partidos, con el beneplácito de Washington. Un desvío que operó como una verdadera contrarrevolución democrática -utilizando las categorías de León Trotsky- para contener el descontento obrero y popular. El proceso de auto-reforma que remozó las instituciones y le dio un mayor protagonismo al Congreso de la Unión y a las instituciones electorales supuestamente imparciales, condujo a la alternancia en el año 2000, con la llegada al gobierno del panismo, cambio que había sido anticipado por el ascenso del PRD al gobierno del Distrito Federal en 1997.

Lejos de llevar a una ampliación de la “democracia”, lo que vimos con el transcurso de los años fue una cada vez mayor degradación de las instituciones, y una profundización de los aspectos más reaccionarios del régimen político. Esto no fue más que la consecuencia de la integración económica y política a los EE.UU. Los ejemplos más resonantes de ello fueron la militarización creciente y el Pacto por México suscrito en diciembre del 2012 para llevar adelante las reformas requeridas por las grandes trasnacionales.

En ese sentido, el proceso abierto en octubre, mostró la fuerte pérdida de legitimidad social de la “alternancia”.  Esto no cae del cielo; ha madurado el quiebre en la relación entre el movimiento de masas y las instituciones garantes de los intereses capitalistas; basta ver la crisis de legitimidad de la institución presidencial. Cabe entonces la pregunta: ¿estamos viendo el surgimiento de una nueva generación desencantada de la ilusión en la democratización del régimen político? ¿Hay una tendencia “rupturista”, todavía no claramente consciente, con la noción de la transición democrática? Síntoma de ello sería el proceso de politización en distintas capas de la juventud y los trabajadores, gestado al calor de la brutalidad capitalista, y la “critica en las calles” de las instituciones de la alternancia.

La crisis de la “izquierda”… del régimen

En esto no es un dato menor la crisis de la mal llamada izquierda perredista, factor clave en la actual crisis del régimen político. Se trata de una debacle histórica que echa por tierra las ilusiones de muchos progresistas que apostaron a una izquierda posibilista y burguesa. La discusión sobre el “futuro de las izquierdas” se ha instalado en determinados ámbitos de reflexión crítica, un elemento sin duda alentador[i]. Aunque llama la atención que son pocos quienes ensayan un análisis de las causas profundas -más allá de sus manifestaciones concretas- de la deriva del PRD.

Tras la retórica nacionalista y de “revolución democrática” de sus inicios, lo que se evidenció tempranamente para los marxistas fue su carácter de clase, expresado en su defensa de las instituciones estatales y el orden económico capitalista.

Esto se hizo notorio en la medida que el PRD -en cuya formación fueron fundamentales tanto el comunismo estalinista como un ala que se alejó del PRT, encabezada por Adolfo Gilly- gobernó estados y la misma Ciudad de México, y desarrolló una labor legislativa. Resulta extraño que esto no esté presentes en muchos análisis escritos desde la izquierda: el PRD demostró su carácter burgués en la administración de los negocios capitalistas que incluyó grandes negocios al servicio de Carlos Slim, Carlos Ahumada y otros empresarios que fueron sus compañeros de ruta. Y también en su accionar legislativo, aún antes del ignominioso Pacto por México: cabe recordar cuando en el  año 2001 partició de la reaccionaria legislación en materia de derechos indígenas.

Su carácter de clase se evidenció también en que fue el soporte de izquierda de la transición democrática. De hecho, la alternancia en México no hubiera sido posible sin el PRD: su integración al régimen fue fundamental, y en los momentos críticos de 1994 o 2006 millones de trabajadores y jóvenes voltearon  a ver a Cárdenas y López Obrador, encontrando siempre la misma respuesta: presionar y democratizar a las instituciones, más algo de retórica izquierdista con que maquillar una estrategia política basada en la resistencia “civil y pacífica”.

La crisis actual del PRD no es un resultado de las derrotas sufridas por el movimiento obrero y popular o de la fortaleza del PRI. Sin duda, la derecha conservadora, en el juego de la política burguesa, se aprovechará  de su desgaste. Pero no hay que olvidar que la crisis del PRD es la del régimen político. Su desgaste no solo es un dato de la realidad, es un elemento de crisis para el proyecto estratégico de la alternancia, que pone en duda la capacidad del sistema político para recrear su hegemonía. Es el resultado de la esperable derechización de una fuerza de centroizquierda al calor de la ofensiva imperialista, donde incluso puede encontrarse una línea de convergencia en la evolución de la degradación de la democracia mexicana y la del perredismo,  combinado con un profundo proceso de movilización que visualiza al sol azteca como parte responsable de la “narcopolítica”. Nada de que lamentarse con la crisis perredista y más aún, si como resultado de la misma, termina en el basurero de la historia.

Contradicciones estructurales abiertas

La profundidad del proceso abierto en Octubre es evidente. Nuevas tendencias en el terreno de la lucha de clases -cierto que expresadas fundamentalmente por el movimiento democrático- se combinan con la crisis en las instituciones políticas, lo cual recuerda a una verdadera crisis de hegemonía, que aparece tras el resquebrajamiento evidente de la relación entre los gobernantes y de su régimen de “transición democrática”, respecto al movimiento de masas. El trasfondo de la situación económica, agrega grandes nubarrones al panorama de lo que queda del sexenio.

A favor del enlentecimiento de las contradicciones existentes, juegan diversos factores: la integración al poderoso vecino del norte le proporcionó al régimen político una poderosa base social, reclutada fundamentalmente en los sectores acomodados, ampliamente beneficiados y con altos niveles de consumo. Esta es la base que se refleja en el apoyo dado por las distintas cúpulas empresariales a Peña Nieto, que muestra que se mantiene la apuesta a favor de éste, por parte de la clase dominante. También las duras condiciones políticas que arrastra el movimiento obrero, sujeto de múltiples golpes y derrotas en el reinado neoliberal como resultado de la política nefasta de sus dirigencias y el fuerte control vertical del viejo aparato charro, así como rol pactista de las direcciones “opositoras”, constituyen una ventaja difícil de obviar.

Hacia adelante, queda por verse si esto se revierte: en particular, si el proceso en curso lleva a la irrupción de sectores más amplios de la clase trabajadora, abriendo la posibilidad que se revierta el ciclo de derrotas de los años previos. La lucha de clases en México durante las últimas décadas mostró que los movimientos democráticos propiciaron procesos de politización y reorganización en la clase trabajadora, como fue -por ejemplo- a mediados de los ´90 con la emergencia de la Intersindical 1ero de Mayo. La participación de los trabajadores en las movilizaciones multitudinarias de fines del 2014, y los nuevos procesos como los que protagonizaron estudiantes y trabajadores de enfermería y de distintas universidades del país, pueden ser indicadores de ello.

De igual forma, la historia de la clase obrera mexicana ha estado signada por procesos de corte antiburocráticos, y debemos estar atentos a que el hartazgo con el charrismo sindical y el avasallamiento de las conquistas laborales, repercuta en un nuevo clima social, en un reanimamiento de ese gigante dormido que constituye una de las clases obreras más numerosas del continente.

En que eso se haga real y en sus ritmos, no tendrá una incidencia menor lo que pase con el actual movimiento por Ayotzinapa. Hay que constatar que el pico más alto de las movilizaciones -en octubre y noviembre – no contó con una estrategia política a la altura de lo que se vivía en las calles, responsabilidad evidente de las dirigencias sindicales y políticas actuantes.

Los meses siguientes, mostraron, con otros ritmos aunque con menor extensión y profundidad, la persistencia del descontento, en cada movilización y acción de protesta protagonizada por múltiples actores sociales en distintos estados.

Pero el gobierno y las instituciones están aprovechando las debilidades del movimiento; ponen a su favor el que los momentos álgidos no hayan abierto el camino para una huelga general ni unificado al conjunto del movimiento obrero y popular tras una perspectiva política. Al cierre de este artículo, se combina una política represiva contra los sectores más avanzados en la movilización (como el magisterio de Guerrero), con la utilización de las elecciones de junio para desviar y enfriar el movimiento social. La reflexión intelectual y la acción militante debe orientarse a sacar las conclusiones y buscar las vías para alentar el desarrollo de una perspectiva anticapitalista.

Las perspectivas y la izquierda

En ese sentido, la reflexión sobre el momento actual en México no puede escindirse, desde un punto de vista marxista militante, de la necesidad de construir una alternativa socialista y revolucionaria, capaz de presentar una propuesta política a la altura del momento histórico y de evitar que el país recaiga (¡aun más!) en la barbarie capitalista. El arma de la crítica debe estar puesta al servicio de edificar esa herramienta, de darle sus fundamentos teóricos y programáticos, de disputar con la ideología dominante y con el posibilismo en el terreno de las ideas, demostrando la vigencia histórica del análisis y la estrategia marxista.

La crisis del sol azteca no decantará naturalmente en la emergencia de una alternativa de estas características. De hecho, su lugar histórico se apresura a ocuparlo el MORENA, en una suerte de retorno senil al PRD de los orígenes, manteniendo, como no podría ser de otra manera, su horizonte político articulado en torno a la ilusoria democratización de una democracia bárbara que sustenta la dominación burguesa y la opresión imperialista.

No se puede ignorar que de la crisis del régimen político y en particular de la debacle del PRD, seguramente emergerá una mayor fortaleza de Andrés Manuel López Obrador, quien inteligentemente, y leyendo la dinámica del cuestionamiento espontáneo a los partidos tradicionales, optó por guardar un medido silencio durante sus momentos más álgidos y esperar a que estos pasaran para salir nuevamente a la palestra. Es por ello que la crítica de la barbarie capitalista no puede escindirse de la necesaria discusión con este referente político e ideológico.

Llama la atención la escasa memoria de muchos que ayer, incluso desde posturas autodefinidas como anticapitalistas o socialistas, nos criticaban -en nombre del “diálogo”- por ser sectarios con el antineoliberalismo lopezobradorista, argumentando que a través del mismo podría emerger -decían- un verdadero anticapitalismo. Esta hipótesis estratégica, que veía el desarrollo de proyecto de AMLO como el vehículo para la emergencia de una izquierda supuestamente anticapitalista, y que desde nuestro punto de vista apuntaba a repetir la triste experiencia del 88, colapsó. Y habría que precisar que concretada la transformación del MORENA en partido político y puesto a ocupar el lugar del viejo PRD, el mencionado  antineoliberalismo se desdibujó en el discurso del tabasqueño, aunque permanece guardado en el desván de los recursos retóricos, por si el pragmatismo de la real-politik lo requiere.

La crisis actual plantea la posibilidad del agotamiento del ciclo histórico de las llamadas izquierdas surgidas en 1988-1994, como sostienen diversos intelectuales[ii], algunos de los cuales -insistimos- dejan de lado el necesario balance de su propia participación en esas “izquierdas” institucionales. El debate es necesario, para lo cual Armas de la Crítica abre sus páginas y espera que los demás esfuerzos editoriales hagan lo propio, para apuntar a una discusión que tenga el objetivo de extraer las conclusiones políticas de ello. Creemos que, si queremos alentar un debate que no caiga en los vicios del dilettante, hay que ensayar una crítica profunda de las experiencias de la izquierda y la centroizquierda mexicana, y proponer una perspectiva que supere tanto los proyectos basados en la democratización del régimen político -hoy expresada fundamentalmente en el MORENA- como las vertientes autonomistas inspiradas en el proyecto neo-zapatista, que terminan, aún con un discurso anticapitalista, en una semi-estrategia que no pretende acabar con el poder capitalista. Esto es necesario para evitar terminar, más temprano que tarde, en una repetición -bajo otras membresías, otros acrónimos, y otros caudillos- de las lamentables experiencias que pretenden dejarse atrás.

Si insistimos en esto es porque, como plantean certeramente otros análisis, comienzan a surgir en México las condiciones para construir una nueva izquierda, superadora de la que se acomodó al régimen político y también de las que fueron impotentes para enfrentarlo. Pero en esto no hay recetas mágicas.

Una de las cuestiones claves de la izquierda nativa de las últimas décadas ha sido su verdadero escepticismo respecto a la clase obrera. Ese escepticismo cubrió la búsqueda de atajos que la condujeron a la debacle, en los ´80 y los ´90, depositando expectativas en el neocardenismo y el neozapatismo. Algunos abandonaron todo tipo de adscripción orgánica al marxismo, otros mantuvieron sus pequeñas “tiendas” políticas sin mayor ambición, para posicionarse mejor a la hora de buscar alianzas y cargos con aquella. Lo que fracasó, evidentemente, no fue el proyecto revolucionario; fueron más bien los ensayos de quienes se cansaron del mismo y se adaptaron a los nuevos aires de la “revolución democrática” cardenista y de “dejar atrás los esquemas arcaicos” del marxismo.

Si se quiere edificar una izquierda que enfrente al capitalismo y sus partidos políticos, hay que construir una poderosa fuerza política, anclada orgánicamente en la clase obrera, que pugne para que la misma deje de ser “un proletariado sin cabeza” (parafraseando a José Revueltas), y que apuntale tanto la lucha por la necesaria independencia política como la construcción de una poderosa alianza social de los oprimidos y explotados.  Las condiciones comienzan a surgir e irán madurando en una nueva generación de jóvenes, estudiantes y trabajadores. Una herramienta política, anticapitalista, socialista y revolucionaria, que enfrente la barbarie capitalista y sostenga la lucha estratégica por el comunismo, se plantea como una urgencia en cada lucha, movilización y acción de los explotados y oprimidos de México.

[i]
Ver en particular “Las izquierdas frente a sus derrotas” de Elvira Concheiro y “Entre la izquierda subalterna que no acaba de morir y la izquierda antagonista que no termina de nacer”, de Massimo Modonesi, en Memoria, Revista de Crítica Militante, Número 253 Año 2015-1.

[ii]              Ver “La Izquierda que tenemos y la que necesitamos”, de Imanol Ordorika, en Memoria, Revista de Crítica Militante, Número 253 Año 2015-1: “Creo que se cerro un ciclo de las izquierdas mexicanas. Con la descomposición absoluta del PRD por un lado, la retracción del EZLN y con el fin del movimiento 132 se terminó un ciclo y quedamos en una situación paradójica”, Imanol Ordorika, “La Izquierda que tenemos y la que necesitamos”.

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