La economía mexicana entre el estancamiento y la crisis

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Por Farid Reyes

Sabemos que la socialdemocracia se considera el doctor democrático del capitalismo.
Nosotros, los comunistas, somos sus enterradores revolucionarios

León Trotsky

 

A principios de los años setenta el sistema capitalista a nivel mundial enfrentaba el fin de un periodo de  crecimiento económico conocido como “el boom de la posguerra”. La tasa de ganancia mostraba una tendencia a la baja, pues se agotaba el ciclo de crecimiento que surgió de la masiva inversión de capitales en la reconstrucción de las zonas devastadas por la Segunda Guerra Mundial y se requería entonces una forma de elevar la tasa de ganancia.

En todo el mundo comenzaron modificaciones económicas mandatadas por el Fondo Monetario Internacional que implicaron la supresión de importantes conquistas de la clase trabajadora, la privatización de servicios y empresas públicas y la modificación de conjunto de las políticas económicas, pasando del llamado “estado de bienestar” a una desregulación del mercado, para de esta forma contrarrestar la caída de la tasa de ganancia. Este conjunto de medidas emanaban del llamado “Consenso de Washington”[i]. En términos generales se buscó contrarrestar dicha caída con la superexplotación de la fuerza de trabajo y con la apertura comercial que permitiera incursionar a las grandes empresas trasnacionales en nuevos mercados en particular en los países semicoloniales. Las funciones del Estado en la economía se modifican drásticamente, pasando de ser un artífice fundamental regulando y dirigiendo el proceso económico para dar paso a su “liberalización”. Es decir reduciendo el rol del Estado al privatizar sectores estratégicos, permitir la entrada masiva de capitales extranjeros, flexibilizando la regulación financiera, recortando el gasto público, entre otras medidas.

Como es sabido, estas políticas fueron aplicadas a punta de bayoneta en diferentes países semicoloniales. Este modelo de capitalismo mucho más agresivo que el capitalismo de las décadas previas no podía imponerse a no ser que se reprimiera abiertamente a los opositores. Son varios los países que sufren sangrientas dictaduras militares de la mano de las medidas económicas más lascivas para los trabajadores y las masas populares.

El México neoliberal

En México sin embargo, estas políticas emanadas de la escuela neoclásica y más específicamente de su vertiente monetarista (que con el tiempo se comenzarían a llamar neoliberales) no llegaron rápidamente. De hecho ya varios países habían comenzado con los ajustes y la reestructuración de sus economías mientras México mantenía fuerte control estatal, incluso fue a principios de los años ochenta cuando el gobierno decidió nacionalizar la banca en medio de un clima de privatizaciones cada vez más mundial.

Los gobiernos del PRI se reivindicaban “nacionalistas” y “populares”, hacían énfasis en medidas populistas y presumían de haber creado diversos organismos paraestatales que brindaban seguridad social o salud pública. Eran en ese sentido fieles seguidores de las políticas emanadas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de aquél tiempo, donde el keynesianismo y el estructuralismo eran las doctrinas dominantes y buscaban el crecimiento económico a partir del  fortalecimiento del mercado interno, la industrialización y la sustitución de importaciones.

A principios de los años ochenta la economía mexicana fue alcanzada seriamente por la crisis mundial, se vio en serios aprietos con la caída de los precios del petróleo que se había dado en años previos y la incapacidad del gobierno mexicano (al igual que otros países latinoamericanos) de pagar la deuda externa. Así Miguel de la Madrid (1982-1988) fue el primer presidente en aplicar medidas llamadas neoliberales,. En su mandato cientos de empresas estatales fueron privatizadas y se comenzó a liberalizar y a reducir la participación del Estado en la economía. Un importante ejemplo de esta privatización fue la forma en la que el gobierno mexicano remató Teléfonos de México (TELMEX) argumentando (como lo suele hacer hasta la fecha para acabar con organismos paraestatales) que era una empresa ineficiente, lo anterior para justificar su venta al hombre que pocos años después llegaría a ser el más grande millonario del mundo, Carlos Slim.

Sin embargo fue hasta la llegada de Carlos Salinas de Gortari que en el país se avanzó oficialmente en aplicar, al pie de la letra, la agenda neoliberal. Salinas (que llegó al gobierno cuestionado por amplios sectores tras una elección fraudulenta), no dejaba de hablar de que México transitaría al primer mundo con las políticas que “modernizarían” la economía mexicana y nos pondrían en condiciones de competir con las potencias económicas. Aprovechando la poca resistencia obrera[ii] y de la izquierda reformista que por aquellos años se fundía en la creación del PRD (partido que desde sus inicios se constituyó como  un partido claramente burgués nacionalista el cual se volvería la pata izquierda del régimen) y se desmoralizaba con la caída de la Unión Soviética, avanzó rápidamente en privatizar empresas y servicios públicos, promocionando la principal apuesta de la burguesía nacional e internacional en este sexenio: la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

A partir de este periodo las políticas neoliberales se continuaron aplicando fielmente, avanzando rápidamente en la reconfiguración productiva del país para convertirlo cada vez más en un proveedor de insumos del imperialismo estadounidense y transformándose para ser parte de la cadena de ensamblado de la economía norteamericana.

Para finales de los noventa el PRI como partido gobernante se encontraba  ampliamente cuestionado a ojos de millones, para mantener el sistema político burgués, el PAN llegó a la presidencia. Este cambio de partido gobernante lejos de ser una “transición a la democracia” represento únicamente una transición pactada[iii] donde se garantizaba que las políticas económicas, que había comenzado a aplicar el PRI, se continuasen profundizando con un partido abiertamente conservador en el gobierno, alineado al imperialismo estadounidense y pro patronal.

Algunas consecuencias del neoliberalismo

El saldo después de 30 años de aplicación del modelo neoliberal en el país es lamentable. Sin crecimiento económico de conjunto en el país y con un detrimento cada vez mayor de las condiciones de vida de los trabajadores y las masas populares, la economía se encuentra subordinada cada vez más a la  estadounidense, donde los diversos ciclos recesivos afectaron fuertemente a la economía mexicana.

En la siguiente tabla se muestra la tasa de crecimiento anual del PIB como promedio de cada sexenio:

Fuente: elaboración propia a partir de datos del INEGI

Podemos observar la forma en la que disminuye el crecimiento del PIB a partir de la entrada en vigor del modelo neoliberal; donde en promedio del sexenio de Miguel de la Madrid a Felipe Calderón el PIB alcanza apenas un 2.31% anual (si bien el sexenio de Miguel de la Madrid empuja para abajo el promedio), mientras que en la etapa anterior el promedio es de 6.12%.

Ahora bien, es importante analizar dialécticamente la implementación del neoliberalismo en el país ya que podemos observar que en los sexenios de Salinas y Zedillo el crecimiento ronda el 3.6%, un crecimiento mucho más bajo que la etapa anterior, aunque relativamente superior a lo que veremos después. Sin embargo hay que entender este crecimiento a partir de la reconversión de la economía mexicana, ya que la integración -en términos de subordinación- a la economía estadounidense generó un crecimiento desigual en diferentes ramas de la industria. Así el campo, la industria del zapato, juguetes y muchas otras han experimentado un fuerte detrimento mientras sectores como la industria automotriz y electrónica han aumentado de forma importante su producción. El llamado “modelo” mexicano se caracteriza por la integración  orgánica al funcionamiento de la economía estadounidense y en particular a la industria de montaje norteamericana, lo cual repercutió en un aumento de las filas de la clase obrera en algunas áreas, mientras que en otras las ha disminuido.

La economía mexicana compite en el mercado mundial con salarios deprimidos más bajos aún que los de China en diferentes ramas y dada su cercanía geográfica con Estados Unidos se encuentra atada por múltiples áreas a su economía.

Actualmente, el crecimiento de la economía mexicana es muy bajo (salvo ramas específicas), no existen ritmos elevados de inversión productiva o de acumulación de capital. El excedente que se genera en el país es, en su mayoría, apropiado por las grandes empresas trasnacionales que aquí operan y se transfieren a la valorización financiera-especulativa[iv].

Las bases productivas del país de las décadas previas, es decir la industria que transforma materias primas y produce valores de uso proceso donde se generan empleos, que durante décadas fueron el motor de un crecimiento sostenido, han sido sustituidas por una economía cada vez más atada al capital financiero, a las corporaciones trasnacionales y por una distribución del ingreso altamente regresiva que tiende a generar un desarrollo profundamente desigual y un bajo crecimiento económico, circunscrito a las áreas vinculadas al capital trasnacional.

Claramente hay ciertos sectores industriales dinámicos en la economía nacional donde al haberse abaratado los costos salariales y aplicarse estímulos fiscales la inversión se despliega (como la industria automotriz), sin embargo, estos grandes capitales en importantes ramas de la economía mexicana funcionan de cierto modo como enclaves trasnacionales que generan muy poco arrastre o empuje en las regiones donde se encuentran pues operan con un alto componente importado y exportan el excedente que generan a sus países de origen.

El neoliberalismo no solo no ha cumplido su promesa de insertar a México a la dinámica de la economía mundial para que el país pudiera ser “competitivo”, sino que ha disparado la desigualdad, ha deteriorado las condiciones de vida de los trabajadores y ha avanzado enormemente en la subordinación al imperialismo estadounidense. Las medidas económicas aplicadas en los últimos años en última instancia son expresión de la condición estructural del país como una semicolonia de Estados Unidos atada por múltiples vías a su economía, estas medidas han avanzado cada vez más en garantizarle a nuestro país vecino recursos naturales y mano de obra barata que le sirva para mantener su posición –cada vez más cuestionada- de potencia hegemónica.

 

La crisis golpea a la golpeada economía

Sin detenernos aquí a explicar a fondo la crisis actual podemos mencionar que la misma hace al funcionamiento mismo del sistema (como bien previó Marx), y es que mientras se garantizan las condiciones para que la burguesía  pueda producir a bajo costo, se golpea a las masas trabajadoras en su salario, lo cual provoca que millones no tengan la capacidad de consumir las enormes cantidades de mercancías que se producen, es decir, que la demanda es muy baja y por ende que la ganancia de los capitalistas se vea afectada. Para poder compensar las políticas de contención salarial y precarización del trabajo y mantener un nivel de consumo que permita que los trabajadores asalariados y las masas empobrecidas puedan comprar, el crédito es el principal elemento que “aceita” el mercado, razón por la cual las familias de trabajadores comúnmente se encuentran sobre endeudadas. Esto genera que la especulación financiera genere mayor rendimiento que la inversión productiva y en consecuencia se creen burbujas especulativas, que por definición están destinadas a explotar.

La profunda crisis que atraviesa la economía mundial golpeo desde sus inicios al país, en 2009 el PIB experimento una brutal caída llegando a -4.7%, el siguiente año efectivamente hay un “rebote” hasta llegar a poco más del 5% en 2010. Los años siguientes hasta la fecha el PIB ha experimentado una fuerte caída en los niveles de crecimiento oscilan entre el 1% y 2% en términos reales.  Esto no puede ser contrarrestado por los niveles de inversión productiva que se expresan en determinadas ramas, como las ya mencionadas -en particular la automotriz- vinculadas a la exportación.

El gobierno de Enrique Peña Nieto llega al poder asegurando que las reformas que su mandato impulsaría permitirían dinamizar la inversión y hacer crecer la economía de forma acelerada. Estas reformas no han logrado propulsar la economía mexicana que se encuentra atada a un bajo crecimiento de Estados Unidos y que, en última instancia no puede remar contra la corriente mundial donde el centro del capitalismo atraviesa crisis y recesión. Los países periféricos como México dependen en buena medida de vender materias primas a los países centrales (el caso del petróleo es un claro ejemplo) y de las inversiones de las potencias imperialistas. Por eso, en un clima de inestabilidad económica como el que atraviesa la economía mundial es difícil pensar en que se logre salir del pantano en el que se encuentra la economía nacional.

Las reformas estructurales que han sido aprobadas recientemente son un avance histórico en la subordinación económica al imperialismo y representan un enorme retroceso para los trabajadores y las masas populares. En particular la venta de PEMEX para la cual se tuvo incluso que modificar la Constitución, representa la medida más avanzada en cuanto a la venta de los recursos del país y es seguro que traiga consecuencias profundas en el funcionamiento de la economía mexicana, en función de la enorme dependencia del gasto público y en general del presupuesto federal a los ingresos provenientes de la venta de petróleo.

Los golpes para la clase trabajadora no cesan. Recientemente, el precio de la mezcla mexicana de petróleo alcanzó sus más bajos niveles desde la crisis de 2008, vendiéndose a 40 dólares por barril. Es bien sabido que en México una tercera parte del presupuesto depende de ingresos petroleros por lo que el gobierno ya ha anunciado algunos recortes del gasto público que afectan por ahora al campo (reduciendo fuertemente el presupuesto a SAGARPA) y a paraestatales como PEMEX o CFE pero que claramente se puede extender o a reducir gastos en salud, cultura y educación en un presupuesto que se ha modificado ya en cuatro ocasiones en los últimos meses o a aumentar aún más la deuda pública e implementar más impuestos o ambas opciones. Mientras tanto, para 2015 el aumento del salario mínimo es del 4.2%, al tiempo que los precios de alimentos, agua, transporte o luz aumentan en promedio 11.4% (Valdez, Diana: 2015).

Así, en el marco de la privatización de sectores estratégicos para la economía nacional, de un crecimiento económico estancado, del debacle del salario (el cuál ha perdido cerca del 80% de su capacidad adquisitiva) y de medidas económicas tendientes a generar empleos temporales y precarios, se puede ver con facilidad que en realidad se busca que esta crisis la paguen los trabajadores. Sin embargo, ni con estas medidas se logra reimpulsar la economía la cuál esta corroída profundamente alineada a los intereses del capital financiero trasnacional.

Una salida de fondo

Es importante apuntar que el “modelo” anterior donde producto de la intervención decisiva del Estado basado en políticas de tipo keynesianas de economía mixta se postulaba un supuesto “estado de bienestar” en sectores de la población, estaba en consonancia con los “años de oro del capitalismo” de posguerra, que permitían ciertas concesiones sociales (seguridad social, salud pública, educación gratuita, servicios básicos –luz, agua, gas- a precios bajos, entre muchos otros) de parte de la burguesía dada una tasa de ganancia estable. En contraparte, políticas de tipo keynesiana en época de crisis estructural no tendrían una base objetiva con la cuál poderse impulsar. Las políticas basadas en el gasto público que permitiesen redistribuir de forma indirecta el ingreso, estarían basadas en buena medida en el déficit público. En un contexto donde el gasto corriente del Estado es elevado y la economía nacional se encuentra de por sí endeudada, aplicar medidas de esta naturaleza traería consigo contradicciones aún mayores.

En este sentido, intentar regresar a un capitalismo “keynesiano”, con base productiva e industrial es, en el mejor de los casos, una salida de corto plazo. Como lo explica Paula Bach el capitalismo atraviesa una crisis estructural que amenaza su propio funcionamiento:

Sin embargo este “neo-liberalismo” sólo consiguió, nuevamente, realimentar las desproporciones en la economía generando condiciones de inestabilidad que, como veremos, colocan al conjunto de la economía nuevamente al borde de una depresión que sería en sus características mucho más destructiva y violenta que aquella de la pasada década del 30. Cualquier pretensión de dividir, o mejor dicho de hallar una distinción esencial entre “capital financiero” y “capital productivo” por un lado y entre el “keynesianismo” y el “neo-liberalismo” por el otro, tiene por objeto ocultar dos cuestiones centrales. La primera, que la financierización de la economía es la consecuencia de las enormes dificultades para la valorización “productiva” del capital en su fase descendente. La segunda, que el rol del Estado capitalista (en sus distintas “actuaciones”) es el de la intervención directa sobre la economía como “salvavidas” de los capitales más concentrados intentando prolongar la vida de un “sistema condenado a muerte”. Sólo desde esta óptica puede entenderse que la “financierización” y la “depresión” son las únicas dos “opciones” para el capital de nuestros días aunque la primera, como estamos viendo, está destinada a conducir inexorablemente a la segunda. (Bach, Paula: 1999)

Esto no quiere decir que el Estado no pueda intervenir en la economía en determinado momento o no lo haya hecho incluso durante el periodo neoliberal. De hecho contrariamente a lo que se plantea desde la teoría, es la intervención decidida del Estado la que ha hecho posible la aplicación y el sostenimiento de este “modelo”. En momentos de crisis o depresión (como en la crisis del tequila de 1994) el Estado participó directamente de la economía rescatando en primer lugar las empresas de los capitalistas.

Sin embargo lo que sostenemos es que, aún una política que tenga una base productiva, con medidas más o menos redistributivas y con cierto enfrentamiento al capital financiero y trasnacional esta únicamente le daría tiempo al sistema, pues la crisis que enfrenta el capitalismo es de carácter histórico e internacional.

Precisamente los límites de políticas “populares” en los marcos del capitalismo y en particular en un periodo de crisis, se observan en los países latinoamericanos gobernados por variantes “progresistas” donde, si bien se han aplicado medidas económicas no ortodoxas desde el punto de vista económico, estos gobiernos no dudan en descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y reprimir las protestas obreras y populares que cuestionan la supuesta estabilidad económica y las medidas de conciliación de clase. Para nombrar dos ejemplos recientes basta recordar la forma en la que el gobierno de Evo Morales en Bolivia reprimía la huelga general encabezada por lo mineros de la COB en mayo del 2013 que salían a defender sus jubilaciones o la manera en la que el gobierno “nacional y popular” de Cristina Fernández en Argentina reprime a los trabajadores de la autopartista Lear despedidos por la trasnacional estadounidense poniéndose claramente del lado de la patronal.

La alternativa al neoliberalismo no pasa por reeditar un capitalismo “keynesiano”, menos aún por reformar el Estado y sus instituciones para ser más efectivo en cuanto a la regulación económica se refiere. La alternativa realista para hacer frente a la degeneración y decadencia neoliberal es superar al sistema capitalista y sentar las bases de una economía democráticamente planificada, socialista, basada en la libre asociación de los productores.

Notas

[i]               El Consenso de Washington formulado en 1989, fue el acuerdo que comenzó  a regir a la economía en el mundo, contemplaba diez puntos: 1. Disciplina presupuestaria de los gobiernos, 2. Reorientar el gasto gubernamental a áreas de educación y salud, 3. Reforma fiscal o tributaria, con bases amplias de contribuyentes e impuestos moderados, 4. Desregulación financiera y tasas de interés libres de acuerdo al mercado, 5. Tipo de cambio competitivo, regido por el mercado, 6. Comercio libre entre naciones, 7. Apertura a inversiones extranjeras directas, 8. Privatización de empresas públicas, 9. Desregulación de los mercados, 10. Seguridad de los derechos de propiedad.

[ii]              Vale la pena sin embargo mencionar la enorme lucha que años previos había protagonizado el magisterio democrático (CNTE) y luchas obreras en la industria automotriz hasta que se extienden hasta principios de los 90s.

[iii]              Al respecto el artículo de Pablo Oprinari expone con mayor amplitud esta caracterización del régimen mexicano en el artículo La “Alternancia democrática” y la democracia degradada mexicana (2014), de Armas de la crítica disponible en: http://armasdelacritica.org.mx/?p=3525

[iv]              Isaac, J., Prudencio, J. & Hernández, C.. (2014). Tasa de plusvalía y desvalorización de la fuerza de trabajo en América Latina. En Trabajo y explotación en América Latina: Brasil y México (p. 279). México : Plaza y Valdés S.A. de C.V.

Fuentes

Valdez, D. (2015, enero 22). Nuevos golpes para las y los trabajadores. Tribuna Socialista, p.8.

Bach, P. (1999, abril). ¿Crisis del neoliberalismo o crisis del capitalismo? Estrategia Internacional No 11, p. 187.

 

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